Neuroarquitectura: ¿la última frontera?

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Seguramente usted ha oído hablar de cosas como la arquitectura sostenible o la arquitectura verde, pero probablemente el término “neuroarquitectura” es algo que le resultará completamente nuevo. Pues bien, vamos a empezar descifrando el concepto.

En pocas palabras, la neuroarquitectura es una disciplina que estudia cómo el entorno modifica el cerebro y nuestro comportamiento. Es decir, cómo los elementos arquitectónicos influyen en nuestro estado mental. Y aunque el término y su apuesta puedan resultarle innovador y hasta vanguardista, la verdad es que esta disciplina tiene más de 70 años y ella ha venido rondando la cabeza de algunos arquitectos desde hace al menos unos 25.

Sin embargo, como bien refiere Juan Luis Higuera, del Grupo de Neuroarquitectura de la Universitat Politècnica de València, aún en algunos círculos, esto de la “neuroarquitectura” causa cierta incertidumbre o, incluso, sobresalto. “La mayor parte de los cambios en la profesión lo generan, y la neuroarquitectura puede ser un hito que marque un cambio de paradigma. Pero debe entenderse que la incorporación de una herramienta de diseño tan útil no implica un ataque a la creatividad del arquitecto o diseñador, ni tampoco la pérdida de cuestiones artísticas. Es compatible y beneficioso», asegura a la revista AD.

 

 

Formas en búsqueda de la felicidad

La neuroarquitectura es entonces una disciplina que reúne a arquitectos y neurocientíficos en pos de la creación de espacios de felicidad, bienestar y productividad. En otras palabras, edificios enfocados en optimizar las condiciones para las personas que los ocupan.

Como ciencia colaborativa, tanto la neurociencia como arquitectura le aportan sus conocimientos a esta disciplina. Por ejemplo, la arquitectura coopera con ésta con las consideraciones racionales de las ubicaciones de ventanas, ángulos de paredes y muebles, colores, texturas, espacios abiertos y sonidos, entre muchos otros aspectos. Mientras que la neurociencia pone lo suyo al tratar de proporcionar a los arquitectos pistas de cómo el cerebro interpreta, analiza y reconstruye el espacio que lo rodea.

Dicho de otra manera, la neurociencia proporciona a los arquitectos claves sobre cómo crear y distribuir espacios que desarrollen ciertas emociones y sensaciones en movimiento. A este respecto, Higuera señala que, si bien «las cuestiones cognitivas y emocionales deben apoyarse desde la arquitectura», esto no significa que se deba restar capacidad creadora a estos profesionales con los planteamientos de los buenos usos de las formas y colores que esta práctica promueve.

Parece, pero no es

Aunque ciertas directrices de la neuroarquitectura tienen similitudes con los dictámenes de organización de espacio del Feng Shui, el principio “energético” de este última, nada tiene que ver con la primera. Y es que la neuroarquitectura aspira a llegar más lejos que las simples ideas de funcionalidad y estética que plantea el Feng shui.

No obstante, es indudable la comparación cuando se dice que la neuroarquitectura señala que diseños arquitectónicos con ángulos notables o puntiagudos favorecen la manifestación del estrés; que los espacios rectangulares hacen que las personas se sientan encerradas o que la poca luz artificial obliga al cerebro a trabajar más duro, por lo que afecta negativamente la productividad.

No obstante, hay otras propuestas interesantes que la neuroarquitectura plantea que no tienen correspondencia en la mencionada disciplina oriental. Por ejemplo, ésta afirma que los techos altos son apropiados para actividades creativas y artísticas; mientras que los techos bajos favorecen la concentración y el trabajo de rutina.

Asimismo, plantea que los colores pueden influir en el estado de ánimo y, por lo tanto, en la toma de decisiones y la actitud. De esta manera, alienta a usar el verde como reductor de la frecuencia cardíaca y el estrés; a usar rojos en lugares en los que se necesite estimular los procesos cognitivos y de atención.

En la actualidad, la neuroarquitectura es una disciplina emergente que en Estados Unidos. Esta cuenta incluso con una Academia de Neurociencia para Arquitectura que invita constantemente a conferencias, foros y hasta ofrece becas.

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