Cruz Diez: el genio de obras de eterna juventud

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El matrimonio entre el arte y la arquitectura tuvo en el genio venezolano Carlos Cruz Diez, un hacedor de obras que bebieron, como su creador, de la fuente de la eterna juventud.  Y es que Cruz Diez afirmaba que la unión perfecta entre estas dos disciplinas se basaba en el movimiento. En su criterio, nada es estático; las experiencias son únicas e inherentes al espectador y la belleza en una obra arquitectónica sirve para lograr la pertenencia de la comunidad con la misma.

Cruz Diez falleció el pasado mes de agosto dejando un cuerpo de 95 años que contradecía el paso del tiempo, pues su mente vivaz e inquieta nunca dejó de crear. La obra de Cruz Diez ha sido apreciada en todo el mundo y ha sido catalogado como el Maestro del Arte Cinético y el Op Art.

Carlos Cruz Diez nació en la ciudad de Caracas en el año 1923. Realizó sus primeros estudios de arte en la Escuela de Bellas Artes de Caracas mientras dibujaba comics y trabajaba como diseñador gráfico e ilustrador para financiar su educación.

Mientras más estudiaba arte clásico, el artista más definía su camino: se trataba de poner el foco en el color y no en las formas, como lo hacían los artistas a los que estudiaba. Esto le hizo entender que el desarrollo de su carrera estaría fuera de su país, en un ambiente de irreverencia, experimentación y libertad creativa que sólo podría ofrecerle en aquella época, la ciudad de las artes: París.

De esos tempranos inicios en los que desarrollaba técnicas para acelerar la producción de sus obras, a su muerte a los 95 años, hubo un largo camino lleno de exitosas obras desperdigadas por el orbe. Todas ellas forman parte de las colecciones permanentes de los museos más importantes y de estructuras urbanas en diversas partes del mundo lo que fue cimentando la sólida relación de su trabajo con la arquitectura.

Renovación y trascendencia

Si es posible establecer el aporte que el Maestro del Arte Cinético hizo a la arquitectura, este reposa en la posibilidad de la renovación permanente de las obras que intervino. La percepción de éstas cambia permanentemente de acuerdo con la valoración que cada espectador haga del color, cumpliendo así con la premisa del arte cinético y con la intención del artista.

El arte cinético le ofrece una experiencia viva al espectador que percibe los colores de acuerdo con su estado de ánimo y con el movimiento sobre la obra. Esto graba en la memoria una sensación de pertenencia, haciendo que la obra trascienda de su sentido utilitario para convertirse en una referencia sentimental. En las palabras del artista, Dichas obras adquieren un valor emocional y afectivo, contribuyendo a afianzar el sentido de referencia, pertenencia y orgullo del ciudadano en relación al entorno patrimonial de su hábitat, comunidad, pueblo, ciudad o región”.

Una prueba de esto puede observarse en la obra “Cromointerferencia del Color Aditivo”, instalada por el artista, en 1978, en el salón principal del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, Venezuela. La obra que en su momento representaba la bonanza de un país que se abría a la apertura petrolera y la modernidad, hoy se erige como el símbolo del fenómeno migratorio más grande en la historia de América Latina gracias a los venezolanos que se apropiaron de la obra, fotografiándola como recuerdo de su salida del país.

Así una obra arquitectónica venida a menos por el paso del tiempo ha encontrado una forma de trascender en sus usuarios por la intervención del arte cobrando un sentido histórico.

 

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El método al servicio del arte

Los estudios de Cruz Diez sobre el arte clásico lo llevaron a concluir que el color nunca había sido el foco del discurso artístico, sino una mera consecuencia de la forma. Para desarrollar su propio discurso, el artista realizó una interminable investigación sobre el color, y cual científico, estudió la percepción que los seres humanos tienen del color.  En su estudio dio con cómo el ojo logra desarrollar la percepción del color y cómo a través de la combinación de colores, ángulos y movimientos, podía desarrollar una teoría del color desprovista de la forma, en la que las líneas resultaron ser el vehículo más eficiente para demostrarla.

Sus obras rápidamente comenzaron a ganar fama precisamente por esa capacidad de ser únicas de acuerdo con el espectador, y hoy están presentes en las colecciones permanentes de 62 museos alrededor del mundo, entre ellos el MoMA de Nueva York, el Tate Modern de Londres y el Centro Pompidou de París.

En cuanto a sus intervenciones arquitectónicas, se cuentan más de 140 instaladas en Asia, América y Europa. Desde el vestíbulo del principal aeropuerto de su natal Venezuela; pasando por las múltiples pasarelas peatonales de Panamá; o la Plafond Physichromie en la estación de tren de Saint Quentin en Yvelines en Francia; o la Fisicromía para Madrid, en el Parque Juan Carlos I en España. Si del continente asiático se trata, su presencia se puede apreciar en el Physicromie Double Face en el Parque Olímpico de Seúl o en el Sprirale Virtuelle en Corea del Sur.

A su partida, el legado que deja el venezolano es brillante. Su participación en casi 1.200 exposiciones colectivas y más de 280 exposiciones individuales, más de 70 premios recibidos por su carrera artística y contribución a la arquitectura dicen que su memoria, así como sus obras, se renovarán constantemente.

 

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